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jueves, 15 de julio de 2010

Cirio bendito.

Puerto confidente cual sendero de esperanzas, contorno silencioso solitario, copa de amantes con sorbos lentos y la ansiedad por un amor que crecía.

El viento arrastraba las hojas secas a su voluntad entre el abrazo de piernas a la espalda sin fuerzas y sin voz. Mientras el descansándole las manos sobre el pecho, sostenía la madrugada y ella abandonándolo entre gemidos ahogados por la melodía del mediodía.

Él, de rodillas al piel de la brisa perfumada de rosas y azahares, reclinada la cabeza a su falda ante la imagen virgen de su cirio, sublime resignación de los rayos del sol que se colaban por la ventana por la luz de su cirio que inundaba a la desordenada habitación.

Ella dócil agitada entre gemidos y suspiros arañando su espalda, recostada ante aquel altar humilde y perfumado bañado de su cirio bendito, penetraba murmurando palabras débiles pero emblemas de su amor.

I. G.

Copyright © Irvin Guiovvani García González

martes, 22 de junio de 2010

Sollozos gemidos

Ella me da alas para después volar por su entre pierna, viajar de un lado a otro hasta llegar hasta su espalda desdibujarme por segundos, y dibujarme dentro de ella por un momento eterno, mientras ella acaricia mi frente con sus manos o juega con mis cabellos. Humedeciendo mi cuello con besos de ternura sabor a miel.

Murmuro en oración su nombre, para ella romper el silencio en ecos lentos exhalando los sollozos gemidos de rosas y placer, pintando entre sus mejillas la sonrisa floreciente de quién ha pecado y yo dócil me rindo ante su pecho estremeciéndome por el olor a cirios de su sexo.

I.G.


Copyright © Irvin Guiovvani García González

jueves, 13 de mayo de 2010

Él que ama.

Quién no ha visto el día marchitarse en el ocaso que este produce, quién no ha visto fijamente esa luz que se apaga en los ojos de la dama que le acompaña en los pasos de su vida, quién no se ha creído más grande que el propio universo, quién no ha pensado en haber encontrado la forma de detener el día y no dejar que la noche caiga.


¿Quién de verdad evito que en los ojos de aquella bella mujer, esa luz se mantuviera prendida, aún después de mil tormentas, aún después de aquella dura desilusión, por ver terminar aquello que se palpa como relativo?


Quién más, sino, quien de verdad ama.


¿Y quién es ese que en verdad ama?


Quién finalmente tiene lo que por naturaleza le pertenece, quién no se perdió en noches de desolación, quién no gano ni perdió, solo entrego, el que ama, quién no se hecha al olvido y se entrega a la desgana, el que no promete para quedar en paz, sino el que tiene paz y por eso promete, el que tal vez sabe que siempre existe otra forma de expresarlo o decirlo.

Y por eso escribe.


I. G.


Copyright © Irvin Guiovvani García González

miércoles, 28 de abril de 2010

Virgen Cielo

Vientos del desierto entre sus auras dejan escuchar por momentos los sollozos sonidos de la flauta en cuatro tiempos junto con las arias de un piano y un corazón encantado.

La belleza muda cuyas letras huésped de pálidas tintas, acalladas por la dulzura esencia que deja tras de sí, mil aromas entremezclados cual secreto de su desnudez.

Entre labios murmura la noche el brillo de sus ojos y la brillantez de la luna, que se inclina en alabanza conmovida ante su virgen cielo.

Nubes esclavas de su acento puro, levantan manteles y tienden alfombras de lirios, claveles y alcatraces. Ternura belleza de caricias inocentes, ella la tarde de un verano dorado la noche que engalana con pendientes de estrella, y su sonrisa más fresca que los propios rosales.

I. G.

Copyright © Irvin Guiovvani García González

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